viernes, 30 de agosto de 2013

Micro Reseña 75: "Un tigre, tres ingenuas", Peter Debry


"Un tigre, tres ingenuas", de Peter Debry (Pedro Víctor Debrigode; Servicio Secreto nº1032, Bruguera, mayo de 1970. Portada de Rafael Cortiella).

No soy yo muy de espías ni de James Bond, no. Al menos, no de espías maniqueos, de esos que trabajan para los buenos y saben que la patria es lo primero, y que el enemigo es tan malo que su gobierno, haga lo que haga, SIEMPRE tiene razón (ver "El Soldado Desconocido" de Garth Ennis y Killian Plunkett).
Por eso me ha gustado tanto esta novela del maestro Debry...

Stuart Stiger, "el Tigre", es un eliminador del M.I.6 inglés. De jovencito no terminó de cansarse de la guerra (se le daba bien eso de matar), así que cumplido su compromiso con el ejército y, a falta de un oficio al que dedicarse en la vida civil, su coronel le dijo: "Será usted como un soldado en primera línea, pero sin uniforme. Y cumplida una misión, la olvida. Será un servicio a la patria".
"Un tigre, tres ingenuas" es una novela de diálogos. De diálogos de los buenos. Diálogos para recordar, como el mejor Hammett, el mejor Elmore Leonard, o incluso el mejor Frank Miller (últimamente tan denostado, no sólo por su obra, sino porque es un bocazas). Y como sucede en las novelas negras de Peter Debry, no hay moralina ni moraleja: el protagonista es un hijo de perra asesino que no pregunta si el tipo al que tiene que matar es mejor o peor persona. Porque es un profesional. Posiblemente, el mejor del M.I.6. Y por eso mismo, se ha ganado un buen número de enemigos, tanto en su propio bando como en el contrario.
No voy a desgranar ni siquiera mínimamente la sinopsis de esta deliciosa y cínica historia sin héroes (el protagonista es, definitivamente, un criminal antipático), puesto que ya hay un pequeño resumen en el blog "Peter Debry, padre de la novela negra española". (Pero no leáis esa reseña entera, porque os destripa el final... ¡leed sólo la mitad!)
Me limitaré, por tanto, a recomendaros que busquéis como locos las novelas de Debry y a que luego me contéis si este autor tenía motivo alguno para envidiar en algo a los autores consagrados de habla inglesa... Y también os recomiendo que, si cae esta novelita en vuestras manos, leáis con atención (y con algo de alcohol a mano, quizá un cóctel, algo que, según los adversarios del Tigre, ya estaba pasado de moda en 1970; el lector de mundo se habrá dado cuenta de que, en los últimos tiempos, el público acaba de descubrir el gintonic) los primeros capítulos de la novela, el brillante prólogo con los dos villanos (tan villanos como el propio Stiger, ni más ni menos), y la magnífica y muy cinematográfica secuencia del yate... (Y recordad que, de vez en cuando, es conveniente cambiar de loción de afeitado. No todos tenemos el olfato de Stiger).

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